¿Volverá el humanismo a la medicina tras irrumpir la nueva IA?

Dos estudios recientes, uno de OpenAI (con GPT-4) y otro de Google (con AMIE), han sugerido que los nuevos sistemas de inteligencia artificial generativa, utilizando grandes modelos de lenguaje (LLM), podrían superar a los médicos en el cuidado de la salud (Goh et al. Nat Med 2025; Tu et al. Nature 2025). Cabe destacar que evaluaron los cinco principales pilares clínicos, incluyendo: 1) recogida del historial médico; 2) diagnóstico diferencial; 3) recomendación de pruebas diagnósticas; 4) propuesta de opciones de tratamiento; y 5) monitorización de la respuesta. 

Aunque muchos médicos reciben este tipo de noticias con cautela, cada vez es mayor el temor de que las máquinas nos reemplacen. Las nuevas tecnologías han avanzado muy rápidamente desde la primera aplicación de la IA en la interpretación de imágenes radiológicas, lesiones dermatológicas o enfermedades de la retina. Pensábamos que aquello solo eran tareas, distintas de las habilidades: ‘tasks & skills’. Las primeras son repetitivas, pero no las segundas, que requieren destreza y formación especializada.

La inquietud ha ido a más tras la llegada de plataformas autónomas de IA, conocidas como ‘Agentic AI’ (Corpas et al. Cell Genom 2026), y las mejoras en las tecnologías del procesamiento del lenguaje, conocidas como ‘Vibe coding’ (Jones N. Nature 2026). Sin duda, los sistemas de IA de nueva generación están transformando drásticamente las interacciones humano-IA y podrían acabar desafiando la competencia y/o el reemplazo del médico en gran parte de su trabajo actual.

El ‘plus’ del médico

Al menos hay dos consideraciones que podrían mantener la brecha entre algoritmos y médicos en la clínica, preservando el papel del doctor. La primera es el valor de la empatía humana, incluyendo la imperfección y la falta de inmediatez cuando los médicos reales atienden a los pacientes. Paradójicamente, la experiencia de la fragilidad refuerza la sensación de que se produce atención personalizada. Se contrapone a la respuesta fría y despersonalizada, aunque sea sin error e inmediata, que puede brindar un iDoctor. Los humanos necesitamos sentir con nuestros iguales (Rosenthal & Berghese. JAMA 2026).

La segunda ventaja del médico real frente al virtual en la prestación de la atención médica se refiere a la responsabilidad. ¿Quién asumirá las consecuencias de las decisiones de salud, ya que incluso las mejores alternativas a menudo pueden ser dolorosas? Está claro que cuando una persona identificable está detrás de la propuesta y el paciente ha confiado en él, cualquier desenlace puede asumirse con más facilidad. Sin embargo, ¿quién será el responsable si un algoritmo ha recomendado una medicación o cirugía, que se complican o no logran los resultados esperados? Una desconfianza parecida explica la demora en el uso de coches autónomos, a pesar del entusiasmo inicial, tras ocurrir algunos accidentes. ¿Pasará algo similar con los médicos virtuales? (Khullar D. N Eng J Med 2026).

El deterioro de las habilidades médicas

‘El médico ni me miró ni me tocó’. Expresiones como esta suelen escucharse en personas que salen de una consulta médica. Dos colegas norteamericanos han advertido sobre la progresiva pérdida de capacidad diagnóstica entre los médicos, a pesar del uso generalizado de nuevas tecnologías y una gama cada vez más amplia y sofisticada de pruebas de laboratorio y de imagen (Garibaldi & Russell. N Engl J Med 2025).

Los autores atribuyen el declive de las habilidades clínicas a una formación médica subóptima. Proponen seis estrategias para revitalizar el encuentro clínico en el siglo XXI. La premisa central es clara: los médicos deben dedicar más tiempo a los pacientes. De lo contrario, las historias clínicas son de menor calidad, los exámenes físicos son peores y aumentan los errores diagnósticos. Como consecuencia, aumentan los costes y aumenta la insatisfacción del paciente, ya que éste percibe una pérdida de empatía por parte de su médico. Para el médico, el retraimiento del paciente resulta en una pérdida del entusiasmo profesional y favorece el‘burnout’ (Guille & Sen. N Engl J Med 2024). En última instancia, conduce a la destrucción de la relación médico-paciente.

La creciente dependencia de la tecnología por parte de muchos médicos —incluida la recopilación digital de información clínica (EMR, historial médico electrónico)— junto con las crecientes barreras y presiones administrativas y sanitarias, ha desplazado la toma de decisiones médicas hacia las pruebas complementarias, generando la falsa impresión de que el examen físico no es fiable. Cuando el paciente desconfía, podemos oír: ‘Si el médico no me mira, no me toca y no pide pruebas, es porque no le intereso o no lo sabe’. Como efecto perverso, cada vez se ordenan más pruebas médicas con menos criterio (Topol E. Science 2024).

Históricamente, la medicina clínica surgió del aprendizaje directo con el paciente, con figuras como William Osler en Estados Unidos, René Laënnec en Francia o Gregorio Marañón en España. Hoy en día, la interacción directa entre el médico y su paciente ha disminuido mucho. Tras la pandemia de COVID-19, las mascarillas y las salas de aislamiento han aumentado aún más la distancia entre los pacientes y sus médicos. Por otro lado, existen barreras psicológicas derivadas de la inseguridad del médico al hablar con pacientes y familiares. La empatía no se enseña en la facultad de medicina. Finalmente, se ha extendido la falsa percepción de que acudir a la cama del paciente es una pérdida de tiempo (Garibaldi & Russell. N Engl J Med 2025).

El resultado es un círculo vicioso: menos proximidad al paciente, a su sufrimiento y a sus necesidades. En última instancia, proporcionar respuestas y soluciones estándar, sin ser personalizadas para un paciente específico, representa una degradación del acto médico. Se rompe la confianza, pues cada paciente confía la resolución de su problema de salud a su médico. Pues bien, una medicina devaluada en lo humano es precisamente la que podrá sucumbir más pronto que tarde al iDoctor.

Recuperar el valor del paciente

El artículo del NEJM de Garibaldi y Russell mencionado anteriormente propone 6 estrategias para mejorar la relación médico-paciente: 1) Volver al pie de la cama y observar al paciente. La observación es una habilidad esencial y poco utilizada. Proporciona información diagnóstica y pronóstica; 2) Realizar un examen físico completo y dirigido a hipótesis; 3) Hablar y resolver dudas en diferentes ocasiones y periódicamente (pase de visita, etc.); 4) Utilizar las nuevas tecnologías como aliadas y no como sustitutos. 5) Proporcionar información al paciente sobre el resultado de las pruebas, el pronóstico y los tratamientos; y 6) Reconocer el poder del encuentro clínico. El acto médico, en sí mismo, tiene un gran poder curativo. Ayuda al paciente a gestionar la incertidumbre y depositar confianza en un profesional respecto al problema de salud. A cambio, mejora la satisfacción del médico.

Los autores concluyen que ‘un examen físico bien realizado transmite atención y puede tener un efecto terapéutico en el paciente’. En resumen, la atención médica al lado del paciente es un espacio privilegiado e insustituible. Es esencial incluso (y especialmente) en la nueva era de IA generativa y autónoma (Garibaldi & Russell. N Engl J Med 2025).

Las nuevas tecnologías y la IA ofrecen una gran oportunidad para enriquecer la relación médico-paciente. Pueden hacer posible la atención médica cuando la distancia o la soledad lo dificultan. La telemedicina puede dar solución a muchos problemas de salud menores (y ocasionalmente graves) y proporcionar la proximidad y el calor humano necesarios para un manejo eficaz de la enfermedad (Volandes y cols. N Engl J Med 2025). 

Cuando se interponen las pantallas, sin embargo, el médico debe fortalecer el vínculo con sus pacientes. Las llamadas telefónicas o mensajes periódicos pueden ayudar a mantener o establecer una buena relación personal entre el paciente y su médico. Desafortunadamente, dado que muchos profesionales no siguen a los pacientes tras las primeras visitas, existe un alto riesgo de reducir la medicina a una ‘commodity’, una mera prestación sanitaria (Soriano & Montero. Linacre Q 2024). Como subrayó Edmund Pellegrino, ‘solo en la búsqueda del diagnóstico y la cura del paciente, la profesión del médico se dimensiona de forma adecuada’. Es el compromiso en la beneficencia (buscar el bien del paciente) lo que hace grande al médico. 

Acaba de publicarse una nueva edición del libro Coloquios de Ética Médica, en el que han participado un amplio y variado número de médicos españoles. Aborda muchas de las cuestiones de humanismo médico que hemos discutido y profundiza en el alcance de la irrupción de las nuevas tecnologías en la práctica clínica. Deseamos que sea una fuente de inspiración para muchos colegas.